“La tentación de Cristo”

Todo esto te daré, si te postras y me adoras.
(Mateo 4:9)

La niña permanecía en la sala, delante del televisor, apurando las últimas tribulaciones de uno de esos héroes animados que, tras su forma de escobilla de inodoro o de informe animal de cartón piedra, son capaces de transformar el dolor en gozo y siembran una chispa de esperanza en la hostil singladura de la vida.

Era media tarde, anochecida ya, pues el calendario marcaba el punto medio de un invierno travestido de abril, y nosotros trajinábamos en la cocina recogiendo los restos del festín dominical, después de haber descansado un rato.

Cada desplazamiento provocaba un roce, y cada roce una caricia. Furtiva, a veces; más explícita, en ocasiones… pero volvíamos solícitos a la tarea del orden, del concierto, con la presión de que dentro de unas horas sería ya día de trabajo.

En uno de los cruces de norte a sur y de sur a norte de la estrecha cocina, el roce fue fricción, y nos quedamos parados, mirándonos el uno al otro durante un segundo más de lo tácitamente convenido. Nos besamos levemente, sin poder desenclavar nuestras pupilas y entonces me abrazó como si nunca antes lo hubiera hecho.

Yo me olvidé del horario y me abandoné en sus brazos con toda la laxitud que el domingo por la tarde me permitía… y el frigorífico, y el horno, y el microondas se nublaron de mi vista.

Pude percibir una tenaza en mi cintura y me encontré flotando como lo haría una pluma, como hoja caduca en el otoño, para ir a caer -cosas del tiempo- sobre la encimera recién desocupada, en la que fui depositada como se deja una porcelana china.

Tomó mi rostro entre sus manos y me besó con dulzura.

– Voy a mostrarte -dijo. -Que un ateo también adora a sus ídolos.

Me separó las piernas y se postró ante ellas, de modo que su cara quedaba justo a la altura del pedestal de formica en el que había sido situada.

Me las volvió a cerrar, apenas un instante, y me abarcó la parte externa de los muslos con el fin de deshacerse de las bragas. Inmediatamente volvió a abrirme y noté como una ventosa húmeda me adhería a la superficie de madera plastificada.

Delante de mí, ante mi sexo, juntó sus manos haciendo coincidir las palmas, e inclinó su cabeza hasta rozar con la frente el extremo de sus dedos, como en una reverencia obscena.

Sin darme tiempo a salir de mi asombro, asió mis nalgas y me atrajo hacia adelante hasta ponerme al borde del abismo y su boca se cerró sobre mi sexo y lo engulló del todo. Paseó su lengua por toda la hendidura y recorrió todos sus pliegues humedeciéndome toda. Me secaba para volver a humedecerme, me mordía y me soltaba, me chupaba y me escupía para volver a absorberme como si su boca fuera una bomba de succión.

Yo quise gritar de placer y de locura, pero mi hija estaba a un tabique de distancia, mis brazos me mantenían erguida en un equilibrio precario para abalanzar mi pelvis y suspenderla en el vacío, más abierta, más expuesta, cada vez más ofrecida.

Colgada, como estaba, me taladró el culo con uno de sus dedos y me mordió el coño hasta el desgarro, al tiempo que mi alarido se quebraba en mi garganta por temor de ser oída y creí desvanecerme y caer cuando sus manos me sujetaron fuertemente y me sentí segura, apoyada de nuevo en una superficie firme.

Recosté mi espalda hasta sentir el frío contacto del azulejo en mi piel y cerré los ojos hasta que las últimas sacudidas del placer se hicieron controlables.

Entonces miré hacia abajo y vi a mi amante que hacía la señal de la cruz a escasos centímetros del coño ante el que aún estaba arrodillado.

Y me sentí dichosa. Y me sentí mujer. Y me sentí adorada como nunca lo había sido.

Después volvió a tomarme de la cintura y me regresó de nuevo al suelo. Depositó un beso en mis labios, con la misma dulzura que el primero y me susurró al oído:

– Ahora déjame, si te parece, que tengo que terminar de fregar los platos.

Y en aquel santuario ante el que oró un ateo, permanece abierta una hornacina, siempre enrojecida, encendida a toda hora, por si el romero irreverente decidiera entonar otra plegaria.

"El país del menos y un puñado de poemas cuasi-eróticos"