“El mono”

La pequeña tienda estaba desierta.

Una pareja de clientas, madre e hija, a todas luces, salieron al momento de haber entrado nosotros, por lo que nos quedamos a solas con dos dependientas que charlaban distraídamente apoyadas en el pequeño mostrador multiusos, pues hacía las veces de caja, mesa empaquetadora, muestrario de pruebas y arreglos,… y cualquier otro menester que pudiera presentarse, pues era la única, mínima superficie plana en la que se podía extender un simple papel para una firma.

 

Todo lo demás era una sucesión de abigarrados expositores que dejaban entre sí, apenas un pequeño pasillo, por el que costaba trabajo abrirse paso sin echar al suelo toda la impedimenta de perchas de las que podían colgar prendas de la más diversa condición, estilo, procedencia…

 

No me apasionan las compras en general, ni particularmente las de las tiendas de moda femenina, así que me escabullí distraídamente, fisgando aquí y allá, mientras mi mujer examinaba minuciosamente los modelos que llamaban su atención.

 

Cuando a los pocos minutos volvimos a encontrarnos, la sorprendí mirando, con ojos más que golosos, un mono de color negro que colgaba de una percha que sostenía con su brazo levantado.

 

– Cómpratelo. –Le dije de sopetón, lo que provocó en ella un pequeño sobresalto.

Una vez más me sorprendía esa extraña habilidad que tienen las mujeres para entresacar de entre un revoltijo indescifrable de prendas de todo tipo, aquella que posee alguna particularidad interesante. Bueno, no sé si la poseen todas las mujeres, pero desde luego la mía, sí.

 

(No me puedo creer que haya dicho la mía).

 

– Siempre he tenido ganas de un mono. -Respondió poniendo los ojos en blanco. – Pero esto… no puedo…

 

– Pruébatelo, por lo menos, así saldremos de dudas.

 

– Pero ¿a ti te gusta? – Me preguntó, buscando aprobación.

 

– Así, no lo sé. – Fingí indiferencia. – Pero puesto en ti, estoy seguro.

 

– Vale, me lo pruebo. – Ahora era ella quien fingía… resignación, desgana. – Pero yo ya no tengo edad para esto.

 

Un minuto después se descorrió la exigua cortina que cerraba el probador y allí estaba ella, alternando la mirada entre el espejo y mis ojos, escudriñando mi expresión y examinando su imagen, con un signo de interrogación en la mirada.

 

– Esto no puede ser, cariño. – Me espetó, clavando su atención en el espejo. – Estoy desnuda.

 

Y era cierto, aquel tejido, casi transparente, resaltaba cada centímetro de piel, más que ocultarlo. Se ceñía allí donde era conveniente y dejaba traslucir su contenido como la veladura de un pintor experto. Mostraba en todo su esplendor la hembra que salía de la cortina, olvidando a la mujer que se había escondido tras de ella.

El tejido era tan liviano que no había zona de su cuerpo que permaneciera oculta. Si se usaba ropa interior, toda ella aparecía como en un reclamo publicitario. Si no se usaba, la piel se retrataba sobre el tejido como en una placa fotográfica, y lo que no quedaba en contacto directo con aquella tela de calco, se intuía con mayor poder evocador, más sugerente.

Ninguna escultura griega fue más provocadora que la imagen turbadora de quien ocupaba mi lecho habitualmente, expuesta, más que cubierta, a través de aquel tul.

 

– Es verdad, estás desnuda. -Confirmé. -Por eso me gusta.

 

– Pero cariño ¿dónde voy a ir con esto? – Siguió fingiendo…

 

– Cómpralo. Yo te lo regalo.

 

Mi tarjeta de crédito se hizo cargo del resto.

 

Se lo probó de nuevo al llegar a casa, con diferentes combinaciones de ropa interior, y todas le resultaban obscenas, provocadoras, indecentes.

 

– Parezco una buscona. -Me dijo. -Si me lo pongo alguna vez tendrá que ser contigo.

 

– Me alegro. -Asentí yo.

 

– Y tendrá que ser para algo muy especial.

 

– Siempre hay ocasiones especiales. Y será un placer ser el domador de semejante loba. – Bromeé, aparentando un cierto punto canalla.

 

-o0o-

 

Pasó el tiempo y la rutina lo cubrió todo.

Hacíamos una vida normal, sin sobresaltos y sin muchas excepciones.

Nuestros trabajos respectivos nos ocupaban prácticamente el día entero y las noches transcurrían serenas y apacibles. Éramos una pareja casi feliz.

Lo cierto es que cada uno sabía poco del día a día del otro.

 

Una mañana de sábado, yo preparaba la comida y ella trajinaba por la casa, como era habitual. Planeábamos salir al teatro aquella noche y cenaríamos con unos amigos comunes.

 

…Y me acordé de repente.

 

– ¿No has estrenado el mono que te regalé, verdad? -Pregunté como sin quererlo.

 

Entonces me llegó su voz desde el fondo del pasillo, tranquila y dulce como una pedrada.

 

– Sí, cariño. Me lo he puesto una vez.

 

No sé por qué, pero se me demudó la cara y tuve un acceso de tos que casi me impidió oír su inocente pregunta:

 

– ¿Por qué?

 

– Por nada, mi amor. Por nada.

 

Y quise pensar que la lágrima que se me escapó fue por la cebolla que tenía entre las manos.

"El país del menos y un puñado de poemas cuasi-eróticos"