Biografía

Luis-Pumares-Biografia

Creo poder decir, sin ningún género de dudas, que nací contra corriente, porque lo hice en Madrid, en un día de difuntos, concretamente en el de 1959. Por lo que, desde pequeño, estoy acostumbrado a que alguien me felicite mientras a mi alrededor se llora con desconsuelo por los que ya se fueron.

Además nací con gafas, miope hasta los tuétanos, acaparando todas las dioptrías que los demás miembros de la familia se resistieron a compartir.

Tal vez por ambas cosas tuve el aspecto de un niño melancólico, hasta el punto de que mi madrina me apodó siempre “su príncipe triste”.

Y no dudo que triste pudiera parecer, pero príncipe… con los años me he convencido de que se trataba de una inmerecida y gratuita generosidad de mi madrina.

El barrio que me vio nacer, o mejor, que me acogió recién nacido, era castizo como pocos. Los adoquines de la Plaza Mayor fueron testigos mudos de partidos de fútbol y juegos al rescate alrededor de la estatua ecuestre de uno que fue rey sin que yo supiera entonces qué mérito había en ello. Y sigo sin saberlo.

Mi infancia transcurrió, pues, en una lúgubre caverna que ni Platón ni Saramago han acertado a describir fielmente, a la que se accedía por la mesonera calle de la Cava de San Miguel, entre las Cuevas de Luis Candelas y el Mesón de los Austrias, en el mismo ventrículo izquierdo del corazón del barrio de la dicha dinastía.

El hecho de que mi padre se llamara Luis, me condenó a mí a ser Luisito en aquellos años, y aún hoy, peinando canas y de vuelta ya de muchas cosas, sigo oyendo, de tarde en tarde, el diminutivo referido a mi persona, cuando mi interlocutor de turno es alguien que me trató en aquella ya lejana época.

A pesar de todo ello, mi infancia fue feliz. Transcurrió sin sobresaltos ni carencias, agasajado por una familia numerosa que pululaba alrededor y que no quiso que me faltara nada de lo que ellos no pudieron tener, pero administrando los caprichos con cordura y con tiento, por lo que con el paso del tiempo creo poder decir que aprendí a apreciar las cosas, no sólo por lo que valen, sino más bien por lo que cuestan, que no siempre coincide lo uno con lo otro… ¡Ya quisiera yo haber sido capaz de inculcar esos valores a mi escueta y, en aquel entonces, venidera prole!

A la gruta que habitábamos varias generaciones de los que llevan mi apellido se acercaba, con frecuencia, una turbamulta variopinta de personajes curiosos, prototipos de postguerra que guardaban la gratitud debida a cierto acogimiento que mi abuela proporcionaba a quien bajo él quería cobijarse, extendiendo su matriarcado magnánimo a muchos más lazos de los que la sangre había teñido de rojo.

Estudié siempre en colegios públicos aquella Primaria de cartillas y catones, elección que agradezco mucho a mis padres aunque ellos no lo sepan y aún llegué a cantar el Cara al Sol en el patio del colegio y a tomar los últimos botellines -ya no los pretéritos polvos- de la leche con la que el Plan Marsall contribuyó a nuestro crecimiento.

El Bachillerato transcurrió sin pena ni gloria y el instituto y la calle se turnaban a enseñarme ciertos secretos de la vida. Después he comprendido que la segunda hizo muchas más aportaciones que el primero, pero no reniego de la una ni del otro.

Con todo, fue de mi padre de quien creo haber aprendido la mayor parte de las cosas que han dado verdadero sentido a mi vida: La coherencia, la constancia, la paciencia, la seguridad en sí mismo… y ese tacto exquisito para no esperar de este minuto lo que te tiene reservado el siguiente, pero a no dejar pasar nunca lo que este minuto te reserva. A ese saber hacer sin que se note que uno hace y no concederle importancia a lo que se ha hecho.

Sí. Lo admiro. Lo admiro mucho porque mi padre es un hombre admirable.

Estudié magisterio en Madrid, porque había nacido para ello. O así me lo había hecho creer mi madre desde que acierto a recordar, pues insegura de poder darme otra carrera de “más altos vuelos”, se propuso como finalidad en la vida que, al menos, me haría maestro. De modo que cuando llegó el momento me pareció la cosa más natural del mundo, por lo que el polvo de la tiza y el bullicio de la chiquillería me parecieron el entorno al que estaba predestinado.

Una vez más debió acertar mi madre, pues he gozado mi profesión casi con lujuria, de forma que, mediada la cuarentena, aún no he salido del colegio.

Cursé pedagogía en la Complutense porque me pareció necesario… y puede que lo fuera. Y me doctoré mucho más tarde, cuando la Facultad se había convertido ya en un vicio al que no resultaba fácil sustraerse y tuve la certeza de que tenía algo que decirle al mundo, aunque fuese ciertamente dudoso que al mundo le importase lo más mínimo, ni que hubiese cobrado conciencia de ello.

Mientras estudiaba trabajé siempre en las más diversas ocupaciones: he sido albañil y vendedor de biblias, representante y limpiador de coches, por lo que jamás pude ver la Universidad a plena luz del día. Nunca me importó mucho. Mi carácter noctámbulo se había manifestado ya a esas alturas y la noche procuró siempre su mágico envoltorio a obligaciones y a devociones por lo que, a oscuras, como los topos, me desenvuelvo con mucha más soltura que bajo el radiante sol… la luz de las mañanas me provoca una suerte de estornudos que no he acertado nunca a controlar.

He tenido pocos amigos, pero buenos. Que, invariablemente, he ido perdiendo por el camino: Pepe, Lola, Ángel, Nieves, Abilio y Juani,… una, a causa de la fatalidad más injusta y grosera; los demás, por culpa mía, seguramente. Otros y otras (por mucho que le pese la expresión a la Academia) siguen aún rondando mis días, de tarde en tarde, pero seguros: Ana y Lola y el resto de “trabencos”, Águeda y Jose, cuadrilla incluida; Amparo de mis ondas y de mis versos, una familia entera que resultó ser Aparente… y no he nombrado aún a Gonzalo, porque su recuerdo me produce aún una punzada inevitable y un vacío desértico me invade por completo. Cada uno de ellos y de ellas, tal vez por razones distintas, han sido parte esencial en mi camino.
Y cómo no mencionar a quien siempre supo estar cerca estando siempre tan lejos. Quien me ayudó en los momentos difíciles, y no se apartó nunca de mi vida a pesar del tiempo y la distancia.

Mi vida ha estado marcada por cuatro mujeres. Todas ellas me han querido mucho más de lo que se pudiera pensar a juzgar por mis merecimientos.

La primera fue mi madre. Margarita, que aún no se ha apartado de mi lado. Sencilla, como la flor que lleva su nombre y, como ella, rebosante de frescura.

La segunda, Lucía… que aún sigue luciendo a pesar de la distancia. Me dio veinticinco años de su vida y lo mejor que nadie me dio nunca, nuestro hijo. Sé que la voy a querer siempre, aunque no llegue a ser lo que ella se merece.
En todos estos años de distancia ha sabido no apartarse nunca, con la prudencia precisa, con el respeto constante, con el aprecio y el cariño que solo puede brindar un alma generosa y noble.
Aún hace escasas fechas, cuando más falta me hacía, ha sabido estar a mi lado pacientemente, sin agobiarme, con su tacto exquisito, como no ha sabido hacerlo nadie… tendré que buscar un medio de agradecimiento a la altura de su talla.

La tercera se llamaba Inmaculada, aunque no fuera cierto… ni falta que le hacía. Nunca supe por qué me soportó durante tanto tiempo, casi a diario, jugando con la incertidumbre de hasta cuándo aguantaría.

La cuarta es la Poesía, femenina, al fin y al cabo, con la que he engañado siempre a las otras tres, con su consentimiento. Tampoco a ésta he acertado a retenerla y el tiempo nos ha condenado a una relación intermitente y apasionada, tumultuosa y obscena en la que recaigo una y otra vez y a la que me he resignado ya como quien se siente a merced de un influjo invencible.

Creo que la última ha sido la única que me ha negado lo mejor de sí misma y por encima de todo se ha permitido ir contando, a quien ha querido oír, los más íntimos detalles de mis amores con las tres primeras.

Las cuatro han tenido que compartirme con la escuela, sin la que no me he resignado a vivir nunca.

Desde hace ya mucho tiempo no me ha vuelto a querer nadie, triste de mí. Pero yo sí he amado, y lo he hecho intensamente: A Julia, una preciosa niña de ojos del color del cielo a quien su madre me impidió amar más… y por fin llegó Vega, que lo ilumina todo y me resarce del mal, de la mediocridad y de la podredumbre.
¡Vega, dulce Vega, sol de mis días!

En el último tiempo, y en busca de un amor verdadero, hice un viaje a la Alcarria, pero no fui bien recibido y la experiencia no resultó tan grata, ni tan fructífera, como la de don Camilo.
El amor que yo buscaba no se encontraba allí. Y no me quise conformar con un sucedáneo pobre y mezquino, muy alejado de mi talla.

Quién sabe si, después del tiempo, vaya a ser verdad que nunca es tarde…

A estas alturas, y a excepción del bachillerato, he impartido clase en todas las etapas educativas que en el currículum académico existen: Infantil y Primaria, Secundaria y Formación de Adultos y, en los últimos años, he compartido mi tiempo docente entre la Formación Permanente del Profesorado y mis clases en la Facultad de Educación de la Universidad Complutense.

He sido maestro “de a pie” y desempeñado cuantos cargos ha previsto la legislación educativa en los diferentes momentos.

Con 18 años, fui el maestro más joven de la Comunidad de Madrid y el tiempo transcurrido no me ha restado ni un ápice de entusiasmo. Tampoco he ganado mucho en experiencia, porque la experiencia no me sirvió nunca de mucho: cada clase fue distinta a la anterior y cada niño, cada joven, me miró siempre con unos ojos diferentes. Eso sí, todos con un brillo inquietante en la mirada.

Si he tenido algún fracaso, no me acuerdo, perdido como está entre la enorme cantidad de satisfacciones que la escuela me ha proporcionado. No conozco un placer que se pueda comparar con el que se siente cuando un alumno, una alumna, te saluda por la calle y te llama “maestro”.

He tenido la fortuna de trabajar en centros singulares, innovadores; en los que la docencia se convertía en una aventura apasionante, renovada cada día, renovadora siempre: El Miguel Hernández de Getafe y, sobre todo, los diez años de Trabenco, acerca de cuya experiencia realicé algo más tarde mi tesis doctoral.

Todos los cambios que se han producido en mi vida -personal o profesionalmente hablando- han sido pura anécdota, consecuencia lógica de la evolución que hace acometer nuevas empresas. Sólo uno -hace de esto más de una treintena de años-, supuso un cambio radical. Nació Javier, supuesta consecuencia de alguna acción en la que tuve algún protagonismo,… y empecé a ser otro. Como decía R. J. Sender, el padre de mi hijo, además del hijo de mi padre.
Hoy, Javier es sólo un gran tipo, que me ha proporcionado la excusa para levantarme cada día. Acaso nada más que el proyecto de muchas cosas, sin haber concretado aún ninguna, pero sé que se concretarán, y que será algo grande. Puede que nada más que una gran persona, que es lo más grande que se puede llegar a ser… el resto lo hará el destino, con el concurso de sí mismo… será lo que quiera, o lo que pueda, será libre.
Por mi parte, queridos lectores y lectoras de estas líneas, es lo que más amo en el mundo. Y no solo lo amo, como padre, sino que lo admiro en lo que vale y siempre contará con mi apoyo y con mi ayuda… pero ¡qué estoy diciendo! ¿a qué le voy a ayudar, pobre de mí? Bastante será con que no necesite yo la suya… compone como nadie, a la altura de los más grandes de la música, y se ha sabido rodear de una banda inmensa, de grandes músicos, de buena gente. Es solo cuestión de tiempo que el mundo se rinda a su talento.
Antes la gente le preguntaba si era hijo de Luis Pumares. Ahora me preguntan a mí si soy el padre de Javier… -presunto, presunto padre, -respondo yo.

En lo demás, he sido siempre un “picaflores” al que de todo le gustó probar: he sido fotógrafo por pura afición y los cuadros que afean las paredes de mi casa los he pintado yo. He coqueteado con el barro, con el cuero y me he afanado a juntar y coser páginas en mi pequeño taller de encuadernación… nada de esto lo hice bien.

Hace tres años que abandoné la Universidad para dedicarme de lleno a la dirección del CEPA Oporto, tarea que asumo con toda humildad y gracias a la ayuda del gran equipo de profesionales que trabajan conmigo hombro con hombro.

Únicamente de escribir no he dejado nunca, aunque en ocasiones, desasistido por la musa, haya tenido que recurrir, como es el caso de estas líneas, a ser magnánimo y autocompasivo y escribir acerca de mí mismo.