Los Mitos de la Escuela

2005. (Inédito).

La escuela en sí misma se ha convertido en un mito en esta sociedad de nuestros días.

Empleo aquí la palabra mito, como podría emplear cualquier otra: “axioma”, “costumbre”, “rutina”,… para referirme a una serie de “verdades”, generalmente “tópicos” que, a fuerza de repetirse, se han convertido en indiscutidos y son aceptados por casi todos como realidades de las que resulta difícil evadirse. De ahí la afirmación inicial de que la escuela misma se ha convertido en un mito, dado que, por el momento, la escuela es aceptada por casi todos y todas como una realidad insustituible. Si no único, sí el principal agente de socialización de nuestros pequeños y pequeñas aprendices del mundo que nos rodea1.

Y resulta un tanto sorprendente la falta de debate acerca de la necesidad de la escuela, especialmente en nuestros días, en los que el fuerte desarrollo tecnológico ha tornado perfectamente viables otras formas de transmisión del conocimiento que, hace unos años, resultaban impensables. Al mismo tiempo, se están obviando crecientes movimientos y organizaciones de padres y madres que, desconfiados de las posibilidades educadoras de la escuela optan por nuevas modalidades de enseñanza domiciliaria, dándose lugar a movimientos asociacionistas más o menos espontáneos, de creciente incidencia en países como Estados Unidos, a través de los cuales determinados grupos de padres y madres del entorno próximo se hacen cargo de la educación de un cierto número de niños y niñas (Gonzalo y Vila, 2003), es el llamado “homeschooling” (Lyman, 1998).

No supone el primer movimiento crítico contra la escuela como institución, al menos durante la infancia de los alumnos y alumnas (Illich, 1971, 1985; Reimer, 1981).

¿O es que la escuela tiene otras funciones además de la ya señalada –y aceptada casi incondicionalmente- de transmisión de conocimientos?

Por supuesto.

De entre las muchas que han sido señaladas por diversos autores, y los matices que se podrían comentar acerca de cada una de ellas, voy a mencionar cuatro (Delval, 1991):

  • Función educativa: Más allá de la transmisión de conocimientos y de la acumulación de datos, la escuela no debe renunciar a sus posibilidades de socialización de los alumnos y alumnas, adquisición de hábitos, establecimiento de normas sociales y de conducta, valores, actitudes, destrezas, habilidades comunicativas,… etc.
  • Función asistencial: Los niños y las niñas cada vez pasan más tiempo al cuidado de otras personas distintas de sus padres. Y la escuela proporciona actividades diversas además de seguridad y control de los pequeños: Comedores escolares, actividades extraescolares tras el horario lectivo, programas de admisión de alumnos y alumnas desde las siete de la mañana que ofrecen desayuno y cubren el horario de acceso al trabajo de padres y madres, programas de apertura de centros en fines de semana y periodos vacacionales,…
  • Función de reproducción social: La escuela no es inocua ni imparcial. Todos los sistemas políticos y sociales articulan instrumentos ideologizantes que perpetúen los elementos esenciales de la cultura dominante, y la escuela supone un elemento de indudable valor para este fin. (Popkewitz,1988; Apple, 1987)
  • Función ritual: La escuela marca un antes y un después, constituye el referente o la frontera entre etapas distintas a las que los escolares van accediendo, como la “puesta de largo”, el servicio militar o el primer novio: ¡Ya voy a la escuela!, dicen los niños y las niñas -con orgullo- tras su acceso a la E. Infantil; ¡Ya he pasado al colegio grande! presumen cuando llegan desde “la casita” del parvulario al edificio de “los mayores”. Y todo ello marca, sin lugar a dudas, el status de cada momento.

Es cierto que la escuela sirve para más cosas:

  • Clasifica a las personas.
  • Promueve (o no) cambios sociales.
  • Orienta hacia diferentes campos profesionales.
  • … etc.

Pero todas estas funciones son subsidiarias de las primeras, o fruto del análisis pormenorizado y minucioso de algunas de ellas, o su enumeración obedece a diferentes criterios de enfoque. En todo caso, no es objeto de estas líneas agotar con rigor esta cuestión.

Si admitimos estas cuatro funciones, con independencia de todas las demás que pueden señalarse, la cuestión radica ahora en el grado de eficacia que muestre la institución a la hora de cumplir con ellas.

De todas, como educadores y educadoras, nos interesa la primera por encima de las demás y la medida en que esa función se ve satisfecha depende, con frecuencia, de variables de todo tipo, de índole pedagógica, epistemológica, ideológica y organizativa y que se acometen de forma distinta de unos centros a otros, de unos a otros equipos docentes.

Sin embargo, a pesar de las diferencias y peculiaridades que se puedan encontrar en cada comunidad educativa, es frecuente escuchar, en boca de los docentes, algunas argumentaciones que, presuntamente, justifican y explican las principales dificultades que se encuentran en la práctica diaria.

Por la recurrencia a tales argumentaciones he dado en denominarlas los “mitos de la escuela”. No serán todos los que están presentes, tampoco lo pretendo en estas líneas pero, desde luego, creo que los que aquí aparecen, son.

Antes de entrar en ellos, no obstante, quisiera hacer alguna precisión: (…)

Descargar artículo completo

Este texto corresponde solo a la introducción del artículo.
Para leerlo completo, descarga el PDF.