Centros específicos. Un modelo de escuela estética.

Tríptico de divulgación para centros educativos. 2003.

Ruego a los posibles lectores y lectoras de estas líneas que no trivialicen con el término si hablo de la “vocación” de los profesionales que dedican su tiempo y sus esfuerzos a la Educación Especial. Parece que nos da miedo, o alguna suerte de pudor, hablar de vocación en estos tiempos que corren, porque está pasado de moda. No. Somos las personas quienes hacemos que las palabras tengan actualidad o parezcan de otros tiempos, pero los conceptos no pasan de moda, los valores tampoco.

Cuando hablo de vocación no me refiero a ninguna clase de halo beatífico que envolviera al “elegido-a”, ni de actitud filantrópica; no hablo de apostolado, ni de bondad, hablo de compromiso libremente elegido, de profesionalidad profunda y contrastada, de entrega en el trabajo, aunque no se encuentre más recompensa, ni otro reconocimiento, que el de la satisfacción personal por la tarea bien hecha. No hablo de diplomas, ni de medallas, ni de ganarse un puesto a la derecha de diospadre, sino de una labor callada, porque la labor de estos profesionales suele hacerse en silencio. En silencio, sí, porque quienes son objeto de ella no siempre tienen el don de la palabra.

Cuando digo que la escuela ordinaria tiene mucho que aprender de la Educación Especial -y lo digo muchas veces-, creo que sé de lo que hablo, porque conozco las dos de cerca y de primera mano. Y ya es un contrasentido hablar de dos escuelas en estos tiempos que corren, pero la realidad se impone, autoritaria, y acaso no sean sólo dos las escuelas de las que podríamos estar hablando.

En estos momentos en los que la diversidad está presente en todas las aulas, en cualquier etapa educativa (obligatoria), y parece que tendría menos sentido que nunca hablar de educación especial, porque especial debería ser toda educación que pretenda llevar ese nombre, es precisamente ahora cuando los centros específicos constituyen un verdadero espejo en el que la escuela ordinaria debería mirarse cada día.

El modelo de Atención a la Diversidad se ha impuesto ya de una manera incontestable, que no deja lugar para la vuelta atrás. Es una conquista educativa y una conquista social que nos lleva a una situación en la que la escuela tiene ante sí un reto formidable, atender a la diversidad del alumnado cualquiera que sea la causa y el modo en que se manifieste. No importan tanto la situación particular del sujeto, sino la respuesta educativa que la escuela es capaz de ofrecer a cada alumno y a cada alumna. En este sentido, la misma atención a su situación particular merece un inmigrante, que un superdotado, que un paralítico cerebral.

¿Quién pone los límites a partir de los cuales la educación empieza a ser especial? ¿Dónde tenemos que ponerlos? (…)

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